MONOGRÁFICO

LO SOÑADO Y ACONTECIDO: EL SISTEMA COLONIAL ESPAÑOL Y SUS EFECTOS EN ANNUAL

THE DREAMED AND HAPPENED: THE SPANISH COLONIAL SYSTEM AND ITS EFFECTS IN ANNUAL

José Manuel Azcona Pastor
Universidad Rey Juan Carlos, España
Miguel Madueño Álvarez
Universidad Rey Juan Carlos, España

LO SOÑADO Y ACONTECIDO: EL SISTEMA COLONIAL ESPAÑOL Y SUS EFECTOS EN ANNUAL

Cuadernos de investigación histórica, núm. 38, pp. 13-30, 2021

Fundación Universitaria Española

Esta obra está bajo licencia internacional Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0. La editorial Fundación Universitaria Española conserva los derechos patrimoniales (copyright) de las obras publicadas, y favorece y permite la reutilización de las mismas. Las obras se publican en la edición electrónica de la revista bajo una licencia “Creative Commons Atribución/Reconocimiento-NoComercial 4.0 Licencia Pública Internacional — CC BY-NC 4.0”, y se pueden copiar, usar, difundir, transmitir y exponer públicamente.

Recepción: 07 Septiembre 2021

Revisado: 07 Octubre 2021

Aprobación: 08 Octubre 2021

Publicación: 11 Noviembre 2021

Resumen: El Desastre de Annual (1921) es sin duda el hecho más relevante de nuestra historia militar reciente por sus connotaciones castrenses y políticas. A menudo, se ha culpado de la derrota, con acierto, a factores como la ineficacia del sistema estratégico español, la ineptitud de los oficiales superiores o las desfavorables condiciones del terreno. Es necesario añadir que la llegada tardía de España al concierto internacional en el reparto de África, debido a la existencia previa de un imperio de Ultramar, condujo a que nuestro país quedara relegado a las zonas menos fértiles y hostiles del continente; también la posición de España en el orden multinacional de finales del siglo XIX junto al auge de las grandes potencias afectó a la autoestima y a la profesionalidad y eficacia de las tropas. Por todo ello, en todas y cada una de las dificultades y de los errores cometidos en el seno castrense, así como la brutalidad de los rifeños con las tropas españolas, el soldado de a pie fue el que sufrió el terrible desenlace. Por consiguiente, el objeto del siguiente artículo es reflexionar y relacionar una serie de hitos que, a nuestro juicio, fueron claves para entender el Desastre de Annual y que aparecieron en las décadas precedentes lanzando preclaros avisos de lo que podía ocurrir.

Palabras clave: Annual, desastre, Rif, España, guerra, colonialismo, drama.

Abstract: The Annual Disaster (1921) is undoubtedly the most relevant event in our recent military history due to its military and political connotations. The defeat has often been rightly blamed on factors such as the inefficiency of the Spanish strategic system, the ineptitude of senior officers and the unfavourable conditions of the terrain. It should be added that Spain's late arrival on the international scene in the division of Africa, due to the previous existence of an overseas empire, meant that our country was relegated to the least fertile and hostile areas of the continent; Spain's position in the multinational order of the late 19th century, together with the rise of the great powers, also affected the self-esteem and the professionalism and effectiveness of the troops. For all these reasons, in each one of the difficulties and mistakes committed within the military, as well as the brutality of the Rifians towards the Spanish troops, it was the foot soldier who suffered the terrible outcome. Consequently, the purpose of the following article is to reflect on and relate a series of milestones which, in our opinion, were key to understanding the Annual Disaster and which appeared in the preceding decades, giving clear warnings of what could happen.

Keywords: Annual, disaster, Rif, Spain, war, colonialism, drama.

1. Introducción metodológica

El siguiente artículo se centra en la situación colonial española anterior al Desastre de Annual acaecido en 1921. Cumpliéndose el centenario de la efeméride y aparecidas nuevas revisiones de lo acontecido hace más de un siglo, creemos necesario mostrar la situación precedente al Desastre de Annual alzando la voz por el sufrimiento del soldado español en dos dimensiones distintas, fruto de las hipótesis de este trabajo. En primer lugar, consideramos que la brutalidad rifeña aumentó el aspecto cuantitativo del desastre pues más del cincuenta por ciento de la tropa y parte de la oficialidad pereció una vez se había rendido o estaba en desbandada. Por otro lado, las condiciones del sistema colonial español y especialmente del ejército, convirtieron la guerra del Rif en un matadero para las clases sociales más desfavorecidas incurriéndose en una serie de errores que se habían repetido de manera constante durante toda la etapa colonial española. Centrándonos en fuentes bibliográficas y trabajos aparecidos recientemente, así como en los testimonios recogidos en documentación de la época, es nuestra intención exponer los hechos tratando de responder a las siguientes cuestiones: ¿unas mejores condiciones político-sociales y dentro de la institución castrense habrían reducido el número de bajas? ¿La brutalidad rifeña aumentó los números del Desastre?

2. Los últimos fulgores y la búsqueda del esplendor

La península Ibérica, espacio que ocupaba España en 1921, es la puerta entre Europa y África. Pese a la cercanía con el continente africano y a pesar de haber sido el mayor imperio del mundo moderno, la relación de España con sus territorios africanos ha sido menor, en comparación, con la de otras grandes metrópolis europeas. La condición para entender esta ausencia no es otra que el descubrimiento, conquista y colonización de América en las postrimerías del siglo XV, convirtiendo a España en la cabeza de este imperio de Ultramar de dimensiones geográficas nunca superadas y que podía extraer riquezas mayores que las soñadas en África. Mientras eso sucedía, el mundo continuaba girando y los equilibrios de poder en Europa daban paso a nuevas potencias.

Los procesos de emancipación consolidaron aquella realidad y los criollos -habitantes nacidos en las colonias de ascendencia peninsular- fueron los encargados de romper con la Metrópoli. La debilidad española se manifestó con la entrada e invasión de las tropas napoleónicas y la abdicación, tanto de Carlos IV como de Fernando VII en el hermano del emperador galo, José Bonaparte. A partir de ese momento, se crearon las juntas locales y los designios de los españoles fueron conducidos, de facto, por un grupo de notables en nombre de la voluntad popular.

Esta circunstancia conllevó un vacío de poder sin precedentes y espoleó a los criollos a que, asentados a miles de kilómetros de la metrópoli y en defensa de sus propios intereses de clase forjaron las Juntas Revolucionarias que darían lugar, poco después, a la sucesión de emancipaciones en América. En el ecuador del siglo XIX, la mayoría de los territorios habían obtenido su independencia y el imperio español de Ultramar se reducía a Cuba, Puerto Rico, Filipinas y las islas Carolinas, Marianas, Palaos y Guam en el Océano Pacífico.

Desde entonces dos fenómenos regularon las relaciones entre Estados en el contexto internacional. La primera afectó a España de manera directa y tuvo relación con el auge de países neófitos que aspiraban a ser potencia, como los Estados Unidos de América. La segunda se centró en la implantación de un nuevo orden internacional en torno al continente africano, del que España quedó desplazada. Así, la solidez de nuestro país en el concierto global daba muestras de agotamiento, empecinada en mantener unas colonias en las que el tumulto y las voces independentistas se hacían eco. Cuando las escuadras estadounidenses atacaron Cuba y Filipinas en las batallas navales de Santiago y Cavite, el imperio de Ultramar se desmoronó. Cayeron poco después Puerto Rico y la Isla de Guam y los últimos reductos fueron vendidos al Reich alemán (Carolinas, Palaos y Marianas). Una grave crisis nubló a la antaño poderosa nación española y provocó el cuestionamiento de sus aspectos políticos, sociales y culturales. Surgieron el regeneracionismo y un elenco de escritores concienciados y críticos con su propio país fueron bautizados por la historia como la Generación del 98.

Mientras España se replegaba en el contexto internacional, las potencias europeas decidían sus propios destinos alrededor de África y Asia. El continente negro había estado olvidado y tan solo el norte, por su contacto con el Mar Mediterráneo, había formado parte de la historia europea. A partir del siglo XIX comenzaron a abundar las exploraciones científicas y las publicaciones sobre las bondades del interior de África atrajeron la atención de los gobiernos. Nacieron muy pronto instituciones en las principales capitales orientadas a la exploración de aquel ignoto territorio como la African Asociation en Londres y la Société française de l'Afrique équatoriale en París, que financiaron y alentaron los periplos de aventureros tan conocidos como Mungo Park, David Livingstone, Daniel Houghton o Henry Morton Stanley[1]. En Madrid, la institución que cubrió aquellas aventuras fue la Sociedad Geográfica, fundada en 1876. En 1884, con el continente africano explorado y conscientes de los recursos naturales que podían disponer para alimentar los hornos de la Segunda Revolución Industrial, las principales potencias se dieron cita en Berlín en 1884 para medir sus fuerzas en el contorsionista mundo de las relaciones internacionales. No se debatió únicamente el destino y reparto de África, sino de todo el planeta. Las potencias participantes fueron catorce, y sólo siete tenían actividad directa en el continente, pero allí acudieron también Estados Unidos, el imperio ruso, el imperio otomano, Holanda, la coalición sueco-noruega, Dinamarca y el imperio austrohúngaro. El objetivo de aquella presencia era disponer las áreas de influencia a los respectivos países participantes y evitar las injerencias de esos mismos estados en los intereses de cada uno de ellos[2].

España se encontraba en una posición débil con respecto a sus vecinos pero aun así, obtuvo un área de influencia en el norte de África y en Guinea Ecuatorial debido a su herencia como entidad imperial, a la cercanía histórica y física con estos territorios y, especialmente, a la pertenencia histórica de los mismos y a los intereses de las grandes metrópolis -Reino Unido y Francia- que batallaban por conseguir un equilibrio en la tenencia de las nuevas posesiones. Para Madrid, el reparto del continente africano, en un principio, no fue considerado como un elemento primacial de su política internacional debido a que los intereses de la metrópoli seguían fijos en los territorios de Ultramar, por tanto, no se fue más allá del mantenimiento y defensa de las plazas que conservaban en el norte de África. Poco después, cuando el imperio español terminó por desaparecer, las esperanzas de la nación y de la clase política se depositaron en África y fue ahí cuando se recordó cada uno de los contactos que se habían tenido con el continente vecino en el pasado para legitimar una entrada en el mismo. Pero las regiones habían sido repartidas en virtud de la influencia de cada nación poderosa que se había ido instalando en África desde finales del siglo XVIII y a lo largo del siglo XIX, y entrar en la pugna significaba aceptar pésimas condiciones de reparto y el arbitraje de otras naciones.

3. La Guerra de África

En torno a las plazas españolas del norte de África, enclavadas en los dominios del sultanato de Marruecos, se originó una fricción constante. En la segunda mitad del siglo XIX, las tribus rifeñas atacaban de forma asidua las posiciones y fuertes bajo soberanía española, retando incluso la autoridad del sultán[3]. Madrid exigía constantemente una respuesta por parte de las autoridades marroquíes para castigar a los rebeldes, pero en muchas ocasiones eran desoídas. No obstante, los sublevados no tenían fuerza para la conquista de las ciudades españolas de Ceuta y Melilla, pero sí para crear una continua molestia en sus alrededores y no permitir la expansión y las avanzadillas militares que partían desde ambas.

La iniciativa para fortificar Ceuta por parte del gobierno liberal de Leopoldo O´Donnell despertó la animadversión del sultán de Marruecos e inició un conflicto que la prensa española bautizó como la Guerra de África[4]. Por supuesto, la acción estuvo respaldada por las cancillerías de Londres y París, ambas interesadas en mantener el control de la zona y en que las revueltas no terminaran expandiéndose por sus áreas de influencia. Este apoyo inicial, que pareció una ventaja, se convirtió en un corsé para que el gobierno de O´Donnell no pudiera culminar la conquista de toda el área bajo la jurisdicción española, pues dicha expansión hubiera confrontado con los intereses de Francia y hubiese puesto en peligro el dominio de Gran Bretaña en el Estrecho de Gibraltar. No obstante, en aquella pugna, de tan solo cuatro meses de duración, pese a la victoria española y las concesiones que adquirió de Marruecos, se pusieron de manifiesto algunas de las deficiencias del ejército que después se repetirían en el Desastre de Annual, tales como la mala planificación de las operaciones de avance, la escasa preparación de las tropas y las condiciones adversas y ajenas a las operaciones tácticas. Además, como en lo acontecido después de Annual y Monte Arruit, la sociedad española se embarcó en una suerte de nacionalismo ciego que no permitía desvelar las graves carencias de sus fuerzas armadas y tampoco los errores cometidos a fin de buscar soluciones. Sumado a esto, el ejército español había participado en demasiadas ocasiones en la política nacional por medio de sus espadones y la institución también había sido utilizada en labores de policía para mitigar el efecto de las protestas sociales de la segunda mitad del siglo XIX, granjeándole una imagen negativa[5].

Las operaciones se vieron impulsadas por el ataque de rebeldes rifeños a las defensas en construcción de la ciudad de Ceuta, lo que provocó que O´Donnell presentara un ultimátum al recién nombrado sultán de Marruecos, Mohammed IV, para el 15 de octubre de 1859 mientras convencía a las Cortes españolas de abrir las hostilidades. La aprobación de las operaciones militares fue apoyada por unanimidad y complacida por la prensa nacional elevando el conflicto a las más altas cotas de patriotismo[6]. En realidad, aquel baño de nacionalismo era necesario para un país que había perdido no hacía más de treinta años todas sus posesiones en América y que veía como la nación se iba colocando en el grupo de las potencias de segundo orden. El día 24 de octubre comenzaron las hostilidades con el bloqueo de los puertos marroquíes de Tánger, Tetuán y Larache, por la escuadra española. La primera gran batalla ocurrió en Castillejos, a cinco kilómetros al sur de Ceuta y un mes después, el 4 de febrero de 1860 se ocupaba Tetuán, asegurando la defensa de Ceuta y Melilla. El colofón de aquel éxito táctico cristalizó en la batalla de Wad-Ras el 23 de marzo de 1860, forzando al sultán de Marruecos a una paz sin precedentes que otorgó un buen número de beneficios al gobierno español. Para empezar, la soberanía sobre Ceuta y Melilla quedó garantizada y sus respectivas áreas de influencia ampliadas. Además, se compensó al gobierno español con una suma cuantiosa y con la concesión del territorio de Sidi Ifni, al norte de Cabo Juby, aprovechando la legitimidad histórica por tradición de España en la zona desde su descubrimiento y conquista en 1476[7].

Pacificada la región y acordado con Marruecos un statu quo, el siguiente conflicto fue la conocida Guerra de Melilla o primera Guerra del Rif (1893-1894), por tratarse de un enfrentamiento, no con el sultanato, sino con las tribus rifeñas rebeldes directamente, cuestión que se repitió en la guerra del Rif. Aquel fue un problema constante en la relación de España con su protectorado en Marruecos, ya que tuvo que lidiar no solo con las presiones propias de la diplomacia que emanaban del sultanato sino especialmente contra las revueltas de los rebeldes rifeños. Precisamente, esa condición belicosa de las tribus bereberes del norte de África fue lo que empujó al sultán de Marruecos a solicitar el auxilio de Francia y España y a adoptar la fórmula del protectorado. Así, el Tratado de Was-Ras no había sino enturbiado la convivencia en torno a las ciudades de Ceuta y Melilla, debido a una expansión de sus términos municipales en confrontación con las naturales áreas de convivencia de las cabilas del Rif. Por tanto, los enfrentamientos fueron constantes y en octubre de 1893 hasta seis mil guerreros se aproximaron a la ciudad de Melilla en protesta por la construcción de defensas militares que abarcaban lugares sagrados para el islam[8].

La situación se complicó aún más cuando los enfrentamientos se enconaron y los rifeños tomaron posiciones y se atrincheraron en torno a la ciudad de Melilla. Las fuerzas españolas fueron respaldadas rápidamente por unidades de artillería, por un incremento de los buques y por la movilización general de tropas. La superioridad tecnológica de España se convirtió también en un agravante del problema ya que su fuego de artillería batió una mezquita y convirtió a la sublevación local en una llamada a la guerra santa en todo el sultanato. Los rifeños se movilizaron elevando el tono de las hostilidades y tomando algunos fortines de la periferia de Melilla, como en el caso de Cabrerizas y Rostro Gordo. Esto obligó al general Margallo, al mando de la ciudad, a contraatacar con más de dos mil efectivos y el apoyo de la artillería apostada en el núcleo urbano, pero su gesta resultó desastrosa cuando una bala rifeña le atravesó el cráneo[9].

La pérdida del oficial superior causó una desbandada de las fuerzas españolas hacia la ciudad que muestra ciertos paralelismos a lo acontecido en Annual y cuya única diferencia está en la cercanía de la plaza de soberanía. Esta cuestión es importante también en el apoyo que la artillería pudo llevar a cabo, algo inviable en un escenario como el Rif, abrupto y sometido a inclemencias meteorológicas imprevisibles. El descabezamiento de las tropas españolas y una mala planificación previa fueron también inherentes a los episodios de defensa de Melilla. Y una vez más, los intereses de las grandes potencias prevalecieron en el destino de España en África. Londres pretendía mantener su dominio sobre el Estrecho de Gibraltar y le interesaba que el control de la región no estuviera en manos de una potencia como Francia. Por su parte, París consideraba necesario el papel de España en la zona para contener a las tribus rebeldes al sultanato, pero no se mostraba aún como un aliado. Lo cierto es que aquella primera revuelta rifeña desveló que había un problema grave de desobediencia, incluso hacia el sultán de Marruecos y que España tendría que afrontarlo en un futuro inmediato.

4. Marruecos en el escenario internacional

La presencia española en África se remontaba a tiempos anteriores a la fiebre colonizadora del continente. En 1476, Diego de Herrera fundó Santa Cruz de la Mar Pequeña, supuestamente, en el actual territorio de Sidi Ifni y aunque sus soldados fueron expulsados de allí por las tribus bereberes en 1524, el asentamiento dio derechos de reclamación a España y así, en 1860, fue reconocido como territorio legítimo de España por Marruecos en el Tratado de Wad-Ras. También los espacios de Saguía el Hamra y el Cabo Juby habían estado frecuentados por los intereses españoles desde siglos atrás y habían conseguido, en 1799, el reconocimiento del sultán de Marruecos, Mulay Sulayman, como zonas de influencia españolas. Lo mismo ocurría con Guinea Ecuatorial. El explorador Fernando Poo había tomado posesión en el siglo XV de la isla de Bioko y en 1777 el tratado de San Ildefonso cedía los derechos a la corona española. La presencia en el interior del continente y el descubrimiento de sus riquezas fue responsabilidad del explorador Manuel Iradier, que bautizó la zona, a partir de 1900, como Río Muni[10].

Por supuesto, el dominio español de las Islas Canarias y las plazas del norte de África se remontaba también al siglo XV, aunque Melilla no pasó plenamente a manos de España hasta 1556 y Ceuta no lo haría hasta el tratado de Lisboa en 1688. No es de extrañar, por tanto, que cuando se celebró la Conferencia de Berlín (1884-1885)[11], los intereses españoles en la zona, asentados desde el pasado, se incluyeran en el reparto colonial. De hecho, una de las prerrogativas acordadas en el cenáculo berlinés fue que las naciones colonizadoras debían contar con el asentamiento previo en la costa antes de avanzar hacia el interior, como garantía de que eran merecedoras de esa legitimidad. España no encontró problemas en controlar todos aquellos territorios y fueron los acuerdos resultantes de las crisis marroquíes (1905 y 1911) los que condujeron a una mayor problemática para los intereses de Madrid.

En cualquier modo, a partir de la celebración de la Conferencia de Berlín, comenzó una escalada de todas las naciones participantes por hacerse con el control de valiosas zonas de influencia y Marruecos tomó una importancia estructural en el establecimiento del imperio colonial español. Otros protagonistas de tal destino fueron Francia y Alemania, y su rivalidad, siempre orquestada bajo la batuta de Gran Bretaña, fue lo que otorgó a España el protectorado en Marruecos.

Francia consiguió, tras los acuerdos de Berlín, el derecho sobre un enorme territorio marroquí, concentrado sobre el desierto del Sáhara. A partir del control sobre Argelia, conquistada en 1830 y el protectorado de Túnez adquirido en 1881, se adentró hacia el interior conectando el golfo de Guinea y el Congo Francés. Sin duda, el encuentro internacional confirmó la presencia francesa y consolidó el poder de París en el continente africano. El otro protagonista, Alemania, además de ostentar el honor de ser la nación anfitriona de la cita internacional, se situó como la tercera potencia en la conferencia con una significativa ubicación en África. A pesar de controlar, a finales del siglo XIX, las zonas costeras de las actuales Tanzania, Namibia y una estrecha franja en Camerún, el Reich alemán ansiaba una mayor visibilidad en zonas de sustancial peso estratégico y, desde el reparto, centró sus intereses en Marruecos, como conexión y entrada al continente y como trasvase de las aguas del Mar Mediterráneo al Océano Atlántico. El interés de Gran Bretaña era también claro. En primer lugar, pese a las buenas relaciones que iba a adquirir con Francia en los albores del siglo XX, no podía permitir que este país acumulara una zona de dominación tan vasta y sin interrupciones en una zona de tanta importancia estratégica. Así, la forma de debilitar su posicionamiento en torno a la entrada al Mediterráneo era permitiendo la implantación de España en dicha región. Además, conseguía un vecino manejable y continuaba teniendo el control del estrecho gracias a su puesto en Gibraltar. Por su parte, la zona de influencia por cercanía y tradición correspondía a España, que había quedado relegada a ser una potencia de segundo orden. Su participación en Berlín fue imperativa y de obligado cumplimiento, pues nuestro país batallaba por mantener sus intereses históricos en la región.

La caída de los restos del imperio colonial español[12], había convencido a los sucesivos gabinetes del ejecutivo de que el futuro colonial estaba en África, más cuando las potencias vecinas se afanaban por controlar todos los territorios a su alcance y obligaban a Madrid a tomar la iniciativa o quedar fuera del juego internacional. Pero la presencia de franceses en los pagos marroquíes, los deseos británicos en que París no controlara una zona de control tan importante y los ojos de Berlín en la ciudad de Tánger con el objetivo de desestabilizar la región, condujeron a la primera crisis marroquí[13].

Alemania ansiaba tener una mayor influencia en la zona y por ello, animaba al sultán de Marruecos a rebelarse frente a las injerencias francesas, sólidamente establecidas gracias a la cercanía de Argelia. Para ello, la cancillería alemana prometió apoyar un hipotético enfrentamiento contra París y anunció la visita del Kaiser Guillermo II a Tánger a finales de marzo de 1905, algo que causó cierto rechazo en los medios de comunicación anglo-franceses[14]. Pese a ello, la tensión fue alimentada con la anunciada visita, aunque la cancillería alemana no pretendía más que forzar la celebración de una conferencia internacional y conseguir ciertas prerrogativas en la región. Sin embargo, el ministro de asuntos exteriores galo, Théophile Delcasse, se mostró intransigente ante las presiones germanas, tanto que incluso su propio ejecutivo contemplaba un riesgo innecesario de guerra por dicho empecinamiento. Alemania forzaba una conferencia mientras que los británicos y los franceses se rearmaban asumiendo que habría guerra, pero la destitución de Delcasse y la llegada al ministerio francés de Maurice Rouvier, cambió el panorama y este país accedió a encontrarse en una conferencia.

África española
Imagen 1
África española
Elaboración propia

La reunión se celebró finalmente en Algeciras[15], con España como anfitriona y mediadora, aunque con un resolutivo apoyo a los intereses de París. El 7 de abril de 1906 se firmaba el Acta de Algeciras en el que Alemania era alejada de todo dominio en Marruecos, pese a sus negocios comerciales y la elevada deuda que sostenía el Sultán con sus entidades bancarias. El apoyo británico fue sustancial para que Francia ocupara el territorio bajo la fórmula de protectorado, pero se decidió, posiblemente, para salvaguardar los intereses de Londres e impedir que un único país ejerciera su influencia de modo absoluto. De ese modo, el futuro protectorado se dividió en dos, uno al norte y otro al sur, siendo el septentrional de dominio español. Lógicamente, la rivalidad se había cerrado en falso y Alemania no tardó en reivindicar sus derechos sobre Marruecos. Sus intereses en la región eran elevados y el poder germano crecía poco a poco, situando a Berlín en una posición de fuerza que le permitía exigir un mayor peso en Europa. Aprovechando una nueva rebelión contra el sultán marroquí, las potencias europeas movilizaron a sus efectivos: Francia y España se lanzaron a la defensa del sultanato pues ya ejercían, de facto, como partes contratantes del protectorado y era función de ambas metrópolis prestar ayuda militar; al mismo tiempo, Alemania envió el cañonero Panther al puerto de Agadir con el pretexto de defender sus intereses comerciales y proteger a la población germana en la región[16]. Sin embargo, la acción alemana no fue vista con acierto por la recién creada Entente Cordiale, formada por Francia y Gran Bretaña. La tensión en Europa aumentaba y las cancillerías de todos los países se afanaban en consolidar la posición de sus naciones, con pactos y movimientos militares. La acción germana buscaba, no obstante, forzar nuevas negociaciones más que plantear un conflicto por el control Marruecos y así lo manifestó la iniciativa de Berlín de acordar una salida al problema. Con acierto, abandonaban sus intereses en el sultanato a cambio de una compensación. El tratado conllevó el reconocimiento alemán de la preponderancia de Francia y España en Marruecos a cambio de la cesión de la parte norte del Congo francés y su anexión a las colonias alemanas en lo que se conoció como Neokamerun[17].

La resolución de la segunda crisis marroquí se zanjó con el Tratado de Fez de 1912, en el que se corroboraba la partición del protectorado en dos zonas de influencia. La mayor parte del sultanato quedaba en manos galas mientras que España consolidaba su posición en el sur en sus territorios de Cabo Juby y una parte en el norte en las regiones de Yebala y el Rif, donde estaban apostadas las cabilas más combativas de la región y que a la postre, conducirían a los dramáticos episodios de Annual (1921).

Lo cierto es que la política internacional jugó un papel crucial en el desarrollo de los acontecimientos durante las dramáticas jornadas de julio de 1921. Tanto es así que a una zona especialmente complicada por su orografía y por la presencia de tribus muy belicosas, se unía la permeabilidad de las fronteras y facilitaba el movimiento y refresco de los rifeños a través de los territorios galos. El protectorado norte había sido el resultado, en parte, de las presiones británicas y los franceses esperaban sacar provecho del fracaso de los españoles, por lo que no mostraron especial interés en su control fronterizo y perjudicaron al ejército español[18].

5. Malos presagios en el Barranco del Lobo

Antes del desastre de Annual, España conocería la hostilidad de las tribus rifeñas en el Barranco del Lobo. El 27 de julio de 1909, en una fecha muy parecida, ciento cincuenta fallecidos y más de quinientos heridos dieron muestra del grave problema al que se enfrentaban las fuerzas españolas. La guerra irregular ya era un marco común en los conflictos coloniales y España se había topado con distintas tácticas en Cuba y Filipinas. Los inconclusos acuerdos de paz, que normalmente habían afectado a España en su relación con el sultanato, pero no a las tribus rifeñas, originaron una nueva crisis a comienzos de este año, cuando el cacique rifeño Yilali Mohamed el-Yusfi ez-Zerhuni -conocido como Bu Hamara- pactó con España y

Antes del desastre de Annual, España conocería la hostilidad de las tribus rifeñas en el Barranco del Lobo. El 27 de julio de 1909, en una fecha muy parecida, ciento cincuenta fallecidos y más de quinientos heridos dieron muestra del grave problema al que se enfrentaban las fuerzas españolas. La guerra irregular ya era un marco común en los conflictos coloniales y España se había topado con distintas tácticas en Cuba y Filipinas. Los inconclusos acuerdos de paz, que normalmente habían afectado a España en su relación con el sultanato, pero no a las tribus rifeñas, originaron una nueva crisis a comienzos de este año, cuando el cacique rifeño Yilali Mohamed el-Yusfi ez-Zerhuni -conocido como Bu Hamara- pactó con España y Francia la explotación de las minas del Rif. El enojo de buena parte de los habitantes locales condujo a nuevos ataques contra las posiciones mineras y a la entrega de Bu Hamara a las autoridades del sultanato, que no tardaron en ejecutarle. Las desavenencias volvían al territorio con renovada virulencia y sin un intermediario, España se vio de pronto frente a un enemigo implacable y con el que era imposible llegar a ningún acuerdo. La protección del ejército a sus intereses en las inmediaciones de Melilla, en concreto a la defensa de las prospecciones de la Compañía Española de las Minas del Rif, que se encargaban de la extracción del valioso hierro en las montañas, a más de veinticinco kilómetros de Melilla, se convirtieron en una prioridad, pero una vez más, volvieron a repetirse los mismos errores. El dominio del territorio era de los rifeños, especialmente de los francotiradores que controlaban las alturas; la planificación era inadecuada y las guarniciones militares establecidas para defender los intereses mineros estaban alejadas de las fuentes de agua y con malas comunicaciones entre sí; y una vez más, las tropas estaban mal preparadas, pertrechadas y alimentadas.

Durante esos días, acompañando al desastre del Barranco del Lobo, tuvo lugar la Semana Trágica -del 26 de julio al 2 de agosto- en la que la población de las principales ciudades catalanas, especialmente Barcelona, protestó enérgicamente contra el reclutamiento ordenado por el gobierno de Antonio Maura para completar tropas de refresco en la rebelión del Rif. Hasta 1912, España había hecho sus llamamientos a filas por medio del sistema de quintas, pero esto había generado fuertes tensiones pues la redención en metálico o la sustitución se convirtieron en mecanismos utilizados por las clases sociales más favorecidas para librarse del servicio militar. La mayor parte de los movilizados eran obreros, padres de familia y con recursos suficientemente justos como para no poder librarse del servicio. El pago de seis mil reales suponía el cese de toda responsabilidad, lo que hacía que, además, los reclutas eran extraídos de las clases más depauperadas. La inexistencia de un ejército profesional, como disponía el Reino Unido, por ejemplo, era un aspecto negativo que disminuía, lógicamente, la efectividad de los soldados, pero el hecho de que los criterios para cubrir ese destino estuvieran sesgados por la procedencia social o el poder adquisitivo empeoraba la situación. Este escenario se extendió hasta el Desastre de Annual, aunque el gobierno trató de maquillarlo con una serie de medidas enmarcadas dentro de la Ley de Reclutamiento y Reemplazo de 1912 por la que el servicio militar pasaba a tener una duración de tres años y se imponía un sistema de cuotas que permitía la disminución de este entre cinco y diez meses, así como la elección del destino a cambio de un sustancial pago[19]. La ley seguía beneficiando a las clases elevadas y perjudicaba al joven que no tenía capital para disminuir o evitar determinados destinos. Todo ello provocó una terrible ambigüedad por parte de los soldados en el frente respecto a su motivación, a lo que había que sumar la escasa preparación castrense de la tropa y la mejorable planificación estratégica[20]. A este respecto es interesante que durante su periodo como reclutas llevaban a cabo duras jornadas de instrucción de orden cerrado con el fusil Mauser pero escasas prácticas de tiro y desde luego prácticamente ningún tipo de maniobra militar, por lo que llegaban al campo de batalla habiendo disparado a lo sumo diez cartuchos.

6. Protectorado

El protectorado español de Marruecos se estableció en 1912, después de los acuerdos alcanzados en Fez, aunque la presencia de la metrópoli, como hemos visto, gozaba por entonces de un largo recorrido. Sin embargo, el dominio de las ciudades de Ceuta y Melilla y de las plazas de soberanía -Islas Alhucemas, Islas Chafarinas y el Peñón de Vélez de la Gomera- se había circunscrito a sus más inmediatas proximidades. El establecimiento de un protectorado significaba que, a partir de ese momento, el control de todo el territorio de Yebala y del Rif pertenecía a España y coincidía precisamente con la región más hostil del sultanato de Marruecos.

Protectorado Norte
Imagen 2
Protectorado Norte
Elaboración propia

A España le fueron concedidas dos franjas, una al norte y otra al sur. El sur, correspondiente a Cabo Juby, no revistió mayores problemas pues era una región poblada por poco más de nueve mil almas y carente de recursos, que pasó a formar parte administrativa del Sáhara Español. Por el contrario, el norte se convirtió en un quebradero de cabeza para el ministerio de asuntos exteriores español e influyó severamente en la política nacional. Antonio Maura vio su final después de los acontecimientos de la Semana Trágica y la dura represión que se lanzó contra los manifestantes, provocando la muerte de 78 personas, todo ello a consecuencia del reclutamiento de soldados para sofocar las revueltas en el Rif en 1909; El rey Alfonso XIII fue acusado en el Informe Picasso de tener una responsabilidad directa en los sucesos del Desastre de Annual y en la planificación estratégica previa; o la dictadura de Miguel Primo de Rivera encontró en la revancha de Annual su principal fundamento de cara a la política exterior. Así, en 1925 una coalición de fuerzas franco-españolas se lanzó de nuevo a la aventura de poner fin a las pretensiones rifeñas en la zona y protagonizaron en Alhucemas el primer desembarco de la historia militar moderna, con un éxito indiscutible.

La franja de terreno que recayó bajo la responsabilidad de España era sumamente hostil como demuestran las guerras de 1894 y la de 1909, previa al conflicto abierto entre España y las cabilas rifeñas entre 1912 y 1927. La llegada al liderazgo de los rifeños de Abd el Krim a partir de 1920 supuso también un revés para las aspiraciones coloniales españolas. Su presencia contó por primera vez con la unión de todas las cabilas y el fin de los enfrentamientos intestinos que siempre las habían caracterizado, la búsqueda de un objetivo común y, por tanto, una mayor fuerza de combate frente a las fuerzas metropolitanas. Los combatientes del Rif se movían con soltura por su terreno, eran capaces de sobrevivir con un pellejo de agua y unos dátiles en la capucha de su chilaba mientras hostigaban continuamente a las guarniciones españolas, asediadas por la sed, por la mala alimentación y por la apatía, a lo que había que unir un escaso entrenamiento de combate.

7. Destellos de un desastre inminente

Los motivos que explican el dramático desenlace de las tropas españolas en Annual tuvieron su primer informe a manos del general Juan Picasso[21], quien elaboró un sustancioso expediente basado en entrevistas a los supervivientes y otros datos relevantes sobre la logística de la campaña. Sin embargo, hemos de admitir que el texto se sustentó en elementos técnicos y no tanto en el contexto general histórico y en la trayectoria de la aventura colonial española en África. Por ello, resulta interesante poner en relación todos los elementos que elevaron la derrota militar a la más calamitosa experiencia del ejército español.

En relación con lo expuesto, uno de los principales problemas que tuvo que afrontar España fue la llegada tardía al reparto de África. El descubrimiento, conquista y colonización de América supuso la creación de un imperio a partir del siglo XV que monopolizó los esfuerzos en política exterior de Madrid durante tres siglos. Al acontecer las emancipaciones y el posterior Desastre del 98, España se había quedado aislada del concierto global que se estaba produciendo en África, donde las principales potencias ya habían tomado posiciones. Esto también tiene que ver con la esperanza vital de los imperios. Mientras que España disfrutó del poder mundial entre los siglos XVI y XVIII, Reino Unido y Francia dispusieron después de sus dominios y su influencia se extendió hasta el siglo XX, coincidiendo con la regresión de España. Por tanto, la llegada tardía y la debilidad en el orden global reservaron a nuestro país tan solo unos pocos territorios en el continente africano relacionados con la metrópoli por siglos de relaciones y ocupaciones circunstanciales. Y esas regiones, como las del Protectorado Norte -Yebala y el Rif- resultaron estar habitadas por las cabilas más hostiles del sultanato, precisamente lo que había conducido al sultán de Marruecos a solicitar la condición de protección tanto a Francia como a España. Desde la instauración del protectorado (1912) hasta su pacificación en 1927, el Rif estuvo alzado en armas e incluso se independizó tanto de la influencia española como marroquí cuando fue autoproclamada la República del Rif (1921-1926). Y antes había mostrado su cara contestataria con la llamada guerra de Margallo (1894) y la guerra de Melilla (1909). En ambas, las pretensiones de las tribus rifeñas por el espacio que controlaba España se hicieron evidente, especialmente alrededor de la ciudad de Melilla.

La zona del Rif se convirtió así en el espejo en el que se reflejaron todos los errores que había ido arrastrando la organización colonial española en África desde la segunda mitad del siglo XIX. Un elemento que afectó a la rápida resolución de las decisiones que debieron tomarse por la alta oficialidad fue la completa descoordinación del mando. El protectorado fue puesto bajo el mando de un Alto Comisario que tenía poder ejecutivo sobre los dos comandantes generales asignados a las regiones de Ceuta y Melilla, sin embargo, estos podían despachar con el Ministro de Guerra directamente y tenían control sobre sus tropas, lo que minaba, de facto, dicha autoridad. Además, en algunas ocasiones, los generales asignados para tales destinos habían sido compañeros de promoción en la academia de oficiales o revestían una mayor antigüedad, aspecto sumamente importante en el ámbito castrense[22].

Otro aspecto no menos importante fue la relación entre los dos protagonistas de la desastrosa caída de Annual: los generales Damaso Berenguer y Manuel Fernández Silvestre. Se han escrito ríos de tinta sobre esta complicada relación y se ha advertido durante buena parte de las últimas décadas de la enemistad y desencuentro que existió entre ambos. Esto es entendible cuando afrontamos el estudio de un gran desastre militar en el que perdieron la vida miles de soldados y en el que España quedó en entredicho, lo que supone el cruce de acusaciones y la liberalización de responsabilidades. Aunque algunas veces se ha situado a Berenguer y a Fernández Silvestre en cuotas de un mayor entendimiento, lo cierto es que ambos mostraron considerables diferencias -Fernández Silvestre, arrojo y valentía; Berenguer, prudencia-, pero también enormes semejanzas, como sus procedencias, edades y coincidencia en la carrera militar. Es probable que el hecho de compartir mando en unas circunstancias tan confusas, Berenguer como Alto Comisario y Fernández Silvestre como comandante en jefe de Melilla a partir de 1919, causara algún episodio de malestar mutuo. Pero también hay que tener en cuenta que pese a su responsabilidad en el teatro de operaciones, la última palabra correspondía al ministerio de la Guerra, incapaz también de prever la hecatombe. Y aunque la historia ha fraguado la leyenda de una enemistad perpetua entre ambos, lo cierto es que ese desencuentro se trasladó a un ámbito general en el que los juristas o peninsulares miraban con recelo a los oficiales africanistas que trataban de hacer su carrera en el contexto de la guerra y al tiempo, un grupo denominado “el de los palatinos”, muy cercano al Rey soldado -Alfonso XIII- conspiraba continuamente contra ambos.

Otro objeto de juicio para sopesar el Desastre de Annual que perfectamente puede ponerse en relación con las carencias endémicas del ejército español en África fue la calidad de las tropas. España se había consolidado como una gran potencia en el siglo XVI y los tercios habían barrido a todos los ejércitos europeos. Con escasos hombres se habían conquistado los grandes imperios Mexica e Inca y el dominio de Ultramar se extendía hasta los confines del mundo. Sin embargo, parece claro que España no supo adaptar a sus fuerzas armadas a los cambios estratégicos, tácticos y tecnológicos que llegaron con la Segunda Revolución Industrial. En Santiago de Cuba y Cavite, los barcos españoles demostraron haberse quedado anclados en las costumbres decimonónicas frente a la forma de combate de los modernos acorazados norteamericanos; no se desarrolló una industria armamentística potente como hicieron Reino Unido, Francia, Alemania o Italia y nuestros recursos dependieron de los mercados externos; y por supuesto, no se normalizó una ley justa de acceso a filas en un periodo en el que la movilización era sumamente importante. Resulta del todo preocupante que en un momento en el que la ametralladora o el avión ya eran realidades que podían utilizarse en combate, en España se mantuviera un debate sobre su uso, como elementos que podían restar valor a las victorias. Se extendió una ardua discusión entre la alta oficialidad del momento sobre las tácticas de choque o las de fuego. Las primeras consistían en fórmulas decimonónicas y las segundas se abrían a los nuevos ingenios tecnológicos. Estas estuvieron presentes en los salones de los altos oficiales como puede verse en los reglamentos de 1908 y de 1914, en los que se continuaba dando mayor importancia a las tácticas de choque.

Como hemos visto, el pago de capital podía eximir del servicio militar a cualquiera que poseía recursos, creando un ambiente nocivo entre las tropas que no tenían más remedio que cumplir con su deber en los frentes de batalla. Y aquella realidad se extendió hasta más allá del Desastre de Annual pese a haber tenido ciertos avisos en los episodios del Barranco del Lobo y de la Semana Trágica (1909). No se trataba únicamente de que el ejército estuviera compuesto por soldados de levas obligatorias, sino al hecho de que estos estaban completamente desmoralizados y partían de una sociedad que cuestionaba la Ley de Reclutamiento y Reemplazo. Algunas unidades como los Regulares, el Tercio o las compañías de Zapadores demostraron su valía, pero otras no manifestaron el mismo ardor guerrero. Para tratar de paliar el malestar ocasionado por el sistema de reclutamiento, se dio mayor importancia a las tropas indígenas, lo que cristalizó en dos cuestiones cruciales durante el Desastre: la primera fue que un buen número de aquellas fuerzas nativas, que habían ocupado sus destinos a través de unidades de Regulares, como policía o en harcas auxiliares, se unieron a las fuerzas rifeñas cuando la desbandada se hizo una realidad. La segunda, que llevó a cabo un mayor peso en las operaciones sobre el terreno y las tropas de conscriptos provenientes de la península quedaron relegadas, con el ánimo de protegerlas y que sufrieran las menores bajas posibles, a tareas de retaguardia o a guarnicionar las posiciones que se iban tomando a medida que se avanzaba sobre territorio hostil.

Y aquí nos encontramos con otra dificultad que el ejército no superó en los años previos a la ocupación el territorio del Protectorado: el sistema de blocaos. La construcción de puestos fortificados se convirtió en la norma general del avance de Fernández Silvestre hacia territorio hostil. Sin una planificación previa, la construcción de tales parapetos se hacía de manera muy rápida para evitar el famoso paqueo -tiroteo- de los francotiradores rifeños. En un terreno tan accidentado como es el Rif, con barrancos y elevaciones continuas, los nativos encontraban siempre la forma de ocupar un puesto desde el que poder hostigar cualquier posición, lo que hacía que estos blocaos, e incluso los campamentos, se convirtieran en lugares poco seguros.

Un blocao era una construcción rápida formada por piedra, madera y sacos terreros, de pequeño tamaño, escasa ventilación y pocas comodidades, en la que se situaba un grupo de hombres para su defensa. Solía estar rodeada de una alambrada de espino o una doble cerca. Después de Annual se calcularon un total de 114 posiciones defensivas y ocho campamentos, más complejos que estas defensas[23]. Sin embargo, aquella red de pequeñas fortificaciones estaba mal comunicada y carecía, normalmente, de acceso a agua potable. Las dificultades del terreno era algo que las autoridades militares españolas ya conocían desde los incidentes del Barranco del Lobo en 1909, pero a pesar de ello no hubo una planificación más efectiva para solucionar la cuestión. No había caminos y por tanto, los movimientos necesarios entre los blocaos debían hacerse con acémilas, desperdiciando así la capacidad de los vehículos de motor que podían haber aportado una importante distinción con respecto a los rifeños. Seis carros de combate Scheneider CA1 y once Renault FT-17 llegaron a Melilla, pero fue en 1922, lo que supuso que la infantería estuviera sola, sin cobertura aérea ni artillera y sin vehículos de motor, incapaces de moverse por esos caminos.

Un hecho que lo complicaba todo fue la falta de agua potable en las guarniciones y la necesidad de realizar “aguadas” para avituallar a las tropas desplegadas por las decenas de blocaos y campamentos. Aquel momento era uno de los más delicados pues debían hacerse también con mulas y solían ser objetivo de los francotiradores rifeños apostados en las alturas. Además, cuando los rifeños pusieron cerco y comenzaron a hostigar a las posiciones españolas, la falta de agua se convirtió en un enorme problema[24]. Y tampoco en el interior de las fortificaciones se estaba a salvo, pues para hacer sus necesidades fisiológicas o librarse un rato del viciado aire de los recintos militares, los soldados se situaban entre los muros y la alambrada. Annual, por ejemplo, se ubicaba en una olla rodeada de alturas en todas las direcciones y proporcionaba una buena posición de disparo para cualquier tirador rifeño oculto. La alimentación tampoco fue la adecuada. Una dieta rica en grasas basada en legumbres acompañadas de tocino, chorizo y sardinas en lata no fue lo más idóneo para un escenario en el que la sed asaltaba sin descanso a los soldados. El alcohol era otro problema grave que contribuía a la deshidratación y estaba muy extendido en las cantinas, incluso en el rancho se ofrecía una copa de aguardiente a los soldados por la mañana. Y unido a todo aquello estaban las liendres, piojos, chinches, moscas y ratas que infestaban los campamentos y portaban enfermedades como la viruela, el paludismo o la peste bubónica, que llegó a presentar cuatro focos durante la guerra del Rif.

En fin, el avance planificado por Fernández Silvestre con el beneplácito de Berenguer tampoco atendió a la lealtad de las cabilas que iban siendo dominadas. El Rif estaba formado por una ingente cantidad de tribus que mantenían rivalidades ancestrales entre ellas y el alto mando español asumió que cuando una cabila era conquistada y sometida se iba a mantener así en el tiempo. Lo que ocurrió realmente, fue que la retaguardia española se iba colmando de tribus enemigas que solo fingían sumisión al poder militar de Silvestre y que cuando llegó el momento, se unieron bajo la dirección de Abd el Krim. Días antes del Desastre, fueron tomadas por los rifeños las posiciones de Abarrán y Sidi Dris, lo que debía haber alertado al alto mando de las carencias que iban a repetirse en Annual.

8. La violencia inusitada de los rifeños

Un rasgo importante y en ocasiones poco tratado para explicar las condiciones de un desastre como el acontecido en Annual, fue sin duda la violencia inusitada desplegada por los rifeños. No hubo un respeto por las reglas de la guerra y no se dio al ejército vencido y rendido el cuartel que merecía. Muchos soldados fueron masacrados y perseguidos hasta la extenuación y muerte; en Monte Arruit, el general Navarro rindió la guarnición y tres mil hombres que esperaban la clemencia propia que el vencedor debe rendir al vencido, fueron ejecutados. En la posición española de Dar Qebdani, más de novecientos españoles fueron masacrados hasta la muerte tras haber mostrado la bandera blanca a los rifeños. Los soldados fueron desposeídos de sus pertenencias y después ejecutados entre gritos. Los únicos que se salvaban de tan cruel destino, y no siempre, eran los oficiales, vendidos o intercambiados después por suculentos rescates. En todas las posiciones que rodeaban Annual y que terminaron por desembocar en la huida masiva como Yemaa de Nador, Morabo de Sidi Mohamed y el Zoco el-Telatza se repitieron episodios de violencia contra soldados que se rendían y que esperaban encontrar misericordia, pero en lugar de eso fueron fusilados, quemados, mutilados y empalados a la vez que se cometieron una serie de atropellos indescriptibles con sus cuerpos, sin respetar las citadas normas de respeto con el vencido que reviste la guerra. Esto generó una elevación mayor en el número de víctimas mortales, alcanzando casi el cincuenta por ciento, del total de los 13.363 soldados fallecidos del desastre de Annual, y por tanto avivó la magnitud de la derrota militar, que si bien revistió de errores garrafales también tuvo que ver con la falta de escrúpulos de los rifeños y su salvajismo bélico.

Los rifeños no aceptaban ni consideraban como hechos punibles de delito o moralmente reprobables respetar los pactos con los oficiales españoles. Si bien es cierto que las normas de humanización de las guerras a través del Pacto de la Sociedad de Naciones y otras instituciones se articulaban y firmaban en el mundo occidental, no lo es menos que estas actitudes con la perspectiva del tiempo generan pavor por su condición inhumana. El cincuenta por ciento de los españoles y sus aliados fueron asesinados a sangre fría bajo la crueldad de los rifeños. No fue algo privativo de estos habitantes del norte de África, pues apaches, zulús o abisinios habían actuado de la misma manera contra soldados norteamericanos, británicos e italianos de acuerdo con su cosmovisión de la guerra. Que los nativos no conocían las reglas de la guerra de los campos de batalla europeos es algo también indiscutible pero sí sus jefes, especialmente Abd El Krim, que había estudiado en universidades españolas y tenía total conocimiento de lo expuesto y que era, en primera instancia, quien dio las órdenes y conocía las atrocidades que se estaban cometiendo.

Como se puede observar, la mayor parte de los dislates cometidos durante la huida de Annual obedecen al descuido de la logística y de una buena planificación de las operaciones, pero también a una subestimación del enemigo, muy común en este tipo de conflictos coloniales, normalmente alimentado por el ego de los generales al mando[25]. Lo más grave de la situación es que todas estas deficiencias eran ya viejas conocidas del ejército de nuestro país. Cuando amaneció el 22 de julio de 1921, los españoles llevaban combatiendo contra los rifeños casi cincuenta años sin haber puesto remedio en términos absolutos a ninguna de ellas y por tanto, el Desastre de Annual estableció ese día una relación directa con el desestructurado sistema colonial español que pretendió ser algo que no fue. España lo soñó y la historia, con su tozuda trayectoria, dictó su sentencia.

9. Conclusión

En definitiva, para concluir este artículo precisamos acudir de nuevo a las hipótesis y preguntas que nos hacíamos en un principio y darnos cuenta de que los mismos testimonios y datos de los que disponemos ratifican que son acertadas. En primer lugar, podemos afirmar que la brutalidad rifeña aumentó el espectro cuantitativo de la masacre que tuvo lugar en 1921. Su cosmovisión particular de hacer la guerra fue suficiente para que no se respetaran los acuerdos tácitos que las naciones decimonónicas entendían dentro de la caballerosidad entre rivales y significó que más de la mitad de los soldados españoles y sus aliados no murieran en combate sino ajusticiados después por las huestes de Abd El Krim. Podemos afirmar también que el propio sistema colonial español y su ejército fueron los responsables de un número ingente de víctimas. Se calcula que en condiciones normales, debido a la baja extracción social de los reclutas, que ya llegaban debilitados o enfermos al ejército y de las condiciones propias del servicio, unos mil jóvenes morían cada año y otros cinco mil quedaban incapacitadas para desenvolverse en la vida civil después del mismo. Y a estas cifras, que hacen mención al servicio militar convencional en la península, había que añadir las dificultades propias del destino en el protectorado, con burda alimentación y expuestos a todo tipo de penalidades y enfermedades. Por ello y atendiendo a estas cifras, podríamos admitir que durante la guerra del Rif (1912-1927) murieron quince mil jóvenes y que cuando llegó la víspera del Desastre, algunos de los trece mil soldados fallecidos habían sufrido durante meses vicisitudes que el ejército no había hecho nada por resolver.

Y esto responde a las preguntas que nos hacíamos y afirmamos que unas mejores condiciones político-sociales y dentro de la institución castrense habrían reducido el número de bajas sin lugar a duda, al tiempo que la brutalidad rifeña aumentó los números del Desastre.

11. Bibliografía

—Julio Alberto ALFONSO GONZÁLEZ, “Amanecer zulú: iklwas, Martini-Henrys y celuloide”, Guerra Colonial, 1, 2017, págs. 27-46.

—Eugene ANDERSON, The first Moroccan crisis: 1904-1906, The University Of Chicago Press, 1930.

— José Manuel AZCONA et al, “La guerra de Sidi-Ifni Sahara” en Estudios de Ciencias Sociales, 8, 1994.

— José Manuel AZCONA, Historia del Tiempo Presente. La sociedad actual desde 1945, Madrid, Cátedra URJC Santander Presdeia, 2019.

—José Manuel AZCONA y Miguel MADUEÑO, Guerra y orden internacional, Madrid, Síntesis, 2021.

—Emilio CASTELAR, Crónica de la Guerra de África, Madrid, imprenta de V. Matute y B. Compagni, 1859.

—Mark W DELANCEY y Mark Dike DELANCEY, Historical Dictionary of the Republic of Cameroon, Lanham, Maryland, The Scarecrow Press, 2000.

—Gonzalo DE REPARAZ, La guerra de Cuba: estudio militar, Madrid, La España Editorial, 1896.

—Francisco ESCRIBANO BERNAL, “El ejército español en África”, DespertaFerro, 30, 2018.

—Ricardo FERNÁNDEZ DE LA REGUERA y Susana MARCH, El desastre de Annual, Barcelona, Planeta, 1968.

—Manuel FERNÁNDEZ RODRÍGUEZ, España y Marruecos en los primeros años de la Restauración (1875-1894), Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1985.

—Luis Miguel FRANCISCO, Morir en África. La epopeya de los soldados españoles en el desastre de Annual, Madrid, Planeta, 2017.

—Juan Francisco FUENTES, El fin del Antiguo Régimen (1808-1868). Política y sociedad, Madrid, Síntesis, 2007.

—María GAJATE BAJO, “El ejército colonial español en Marruecos: distintas percepciones del protectorado”, Revista de Historia Actual, 8, 2010, págs. 101-109.

—“Provocaciones, dádivas y egos desbordados: El testimonio de Víctor Ruiz Albéniz sobre el ejército africanista”, en Alberto GUERRERO, Imperialismo y ejércitos (ed. lit.), Universidad de Granada, 2020, págs. 477-496

—Richard HALL, Exploradores en África, Madrid, Lagos, 1978.

—Anne HUGON, La gran aventura africana, exploradores y colonizadores, Barcelona, Ediciones B, 1998.

—Juan Carlos LOSADA, Historia de las guerras de España, Madrid, Pasado y presente, 2015.

—Daniel MACIAS FERNÁNDEZ, A cien Años de Annual. La Guerra de Marruecos, Madrid, Desperta Ferro, 2021.

—Daniel MACIAS FERNÁNDEZ "Los límites de Melilla. La Guerra de Margallo", La Aventura de la historia, 206, (2015), pags. 34-39.

—Miguel MADUEÑO ÁLVAREZ, “La batalla de Adua”, Revista Digital de Historia Militar, 2016, págs. 1-10.

—Jesús María MARTÍNEZ MILÁN, "Sidi Ifni en el contexto del colonialismo español en el sur de Marruecos, 1912-1956", Hesperis-Tamuda, 46, (2011), págs. 39-64.

—Julia MORENO GARCÍA, "La Conferencia de Berlín y el reparto colonial de Africa (1885-1904)", Ciencia y memoria de África: actas de las III Jornadas sobre Expediciones científicas y africanismo español, 1898-1998, Servicio de Publicaciones, 2002.

—Fernando NAVARRO BELTRAME, "Mittelafrika: Canarias y la geopolítica alemana en el África subsahariana y el Magreb (1871-1919)", Vector Plus, 2010, págs. 63-76.

—Juan PANDO, Historia secreta de Annual, Madrid, Temas de Hoy, 1999.

—Ángel SÁEZ RODRÍGUEZ, “El sistema de blocaos”, Desperta Ferro, 30, 2018.

—Guillermo SERRANO SÁENZ DE TEJADA, De la guerra de Marruecos y el combate que no debió ser. Madrid, Ministerio de Defensa, 2013.

—Joan SERRALLONGA URQUIDI, "La guerra de África (1859-1860). Una revisión", Ayer, 29, (1998), págs. 139-159.

—David STEVENSON, «Militarization and Diplomacy in Europe before 1914», International Security, 22 (1), 1997, págs. 125-161.

—Carlos QUIJANO JUNQUERA, “El explorador Manuel de Iradier y la conquista del Muni”, Guerra Colonial, 8, 2021, págs. 95-120.

—Alejandro VALLE GÁLVEZ, España y Marruecos: en el centenario de la conferencia de Algeciras, Madrid, Editorial Dykinson, 2007.

Notas

[1] Richard HALL, Exploradores en África, Madrid, Lagos, 1978; Anne HUGON, La gran aventura africana, exploradores y colonizadores, Barcelona, Ediciones B, 1998.
[2] José Manuel AZCONA y Miguel MADUEÑO, Guerra y orden internacional, Madrid, Síntesis, 2021, págs. 18-21.
[3] Vicente HERRERO PÉREZ y Fernando PUELL DE LA VILLA, “El protector: el ejército español de principios del siglo XX”, en Daniel MACIAS FERNÁNDEZ, A cien Años de Annual. La Guerra de Marruecos, Madrid, Desperta Ferro, 2021.
[4] Joan SERRALLONGA URQUIDI, "La guerra de África (1859-1860). Una revisión", Ayer, 29, (1998), págs. 139-159; Emilio CASTELAR, Crónica de la Guerra de África, Madrid, imprenta de V. Matute y B. Compagni, 1859.
[5] Daniel MACIAS FERNÁNDEZ, “Piojos, ratas y moscas: Marruecos y el soldado español” en Daniel MACIAS FERNÁNDEZ, A cien Años de Annual. La Guerra de Marruecos, Madrid, Desperta Ferro, 2021, pág. 332.
[6] uan Francisco FUENTES, El fin del Antiguo Régimen (1808-1868). Política y sociedad, Madrid, Síntesis, 2007, pág. 215.
[7] Jesús María MARTÍNEZ MILÁN, "Sidi Ifni en el contexto del colonialismo español en el sur de Marruecos, 1912-1956", Hesperis-Tamuda, 46, (2011), págs. 39-64;
[8] Juan Carlos LOSADA ALVAREZ, "Los límites de Melilla. La Guerra de Margallo", La Aventura de la historia, 206, (2015), págs. 34-39.
[9] Manuel FERNÁNDEZ RODRÍGUEZ, España y Marruecos en los primeros años de la Restauración (1875-1894), Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1985, pág. 283.
[10] Carlos QUIJANO JUNQUERA, “El explorador Manuel de Iradier y la conquista del Muni”, en Guerra Colonial, 8, 2021, págs. 95-120.
[11] Véase Julia MORENO GARCÍA, "La Conferencia de Berlín y el reparto colonial de África (1885-1904)", Ciencia y memoria de África: actas de las III Jornadas sobre Expediciones científicas y africanismo español, 1898-1998, Alcalá de Henares, Servicio de Publicaciones de la UAH, 2002.
[12] Véanse Gonzalo de REPARAZ, La guerra de Cuba: estudio militar, Madrid, La España Editorial, 1896 y Juan Carlos LOSADA, Historia de las guerras de España, Madrid, Pasado y presente, 2015.
[13] David STEVENSON, «Militarization and Diplomacy in Europe before 1914», International Security, 22 (1), 1997, págs. 125-161.
[14] Eugene ANDERSON, The first Moroccan crisis : 1904-1906, Chicago, The University Of Chicago Press, 1930, pág. 186.
[15] Véase, Alejandro VALLE GÁLVEZ, España y Marruecos: en el centenario de la conferencia de Algeciras, Madrid, Editorial Dykinson, 2007.
[16] Fernando NAVARRO BELTRAME, "Mittelafrika: Canarias y la geopolítica alemana en el África subsahariana y el Magreb (1871-1919)", Vector Plus, 2010, págs. 63-76.
[17] Mark W DELANCEY y Mark Dike DELANCEY, Historical Dictionary of the Republic of Cameroon, Lanham, Maryland, The Scarecrow Press, 2000, pág. 200.
[18] Vicente HERRERO PÉREZ y Fernando PUELL DE LA VILLA, “El protector: el ejército español de principios del siglo XX”, en Daniel MACIAS FERNÁNDEZ, A cien Años de Annual. La Guerra de Marruecos, Madrid, Desperta Ferro, 2021.
[19] Vicente HERRERO PÉREZ y Fernando PUELL DE LA VILLA, “El protector: el ejército español de principios del siglo XX”, en Daniel MACIAS FERNÁNDEZ, A cien Años de Annual. La Guerra de Marruecos, Madrid, Desperta Ferro, 2021, pág. 57.
[20] Francisco ESCRIBANO BERNAL, “El ejército español en África”, Desperta Ferro, 30, 2018, pág. 8.
[22] Francisco ESCRIBANO BERNAL, “El ejército español en África”, Desperta Ferro, 30, 2018, pág. 7.
[23] Ángel SÁEZ RODRÍGUEZ, “El sistema de blocaos”, Desperta Ferro, 30, 2018, pág. 27. El campamento de Annual llegó a albergar, en vísperas del Desastre, a más de cinco mil hombres.
[24] La falta de agua está perfectamente detallada en Ricardo FERNÁNDEZ DE LA REGUERA y Susana MARCH, El desastre de Annual, Barcelona, Planeta, 1968.
[25] No fue un hecho privativo del ejército español y ocurrió algo similar en la batalla de Isandlwana (1879) entre Anthony Durnford y Lord Chelmsford, subestimando al ejército zulú, una fuerza muy militarizada y entrenada durante medio siglo para la guerra; y en Adua (1896) en la que las hueste etíopes aprovecharon la rivalidad entre los jefes de las columnas italianas, generales Baratieri, Dabormida, Albertone y Helena, en Julio Alberto ALFONSO GONZÁLEZ, “Amanecer zulú: iklwas, Martini-Henrys y celuloide”, Guerra Colonial, 1, 2017, págs. 27-46 y Miguel MADUEÑO ÁLVAREZ, “La batalla de Adua”, Revista Digital de Historia Militar, 2016, págs. 1-10.
HTML generado a partir de XML-JATS4R por