ISSN: 0214-0284 / ISSN-e: 2660-6070 Cuadernos de pensamiento 34 (2021): pp. 215-237
La belleza de la feminidad:
perspectivas sociales, culturales y políticas
The beauty of femininity:
social, cultural and political perspectives
CARMEN FERNÁNDEZ DE LA CIGOÑA
Universidad CEU San Pablo
Instituto CEU de Estudios de la familia
Madrid. España
ID ORCID 0000-0002-9637-2858
cfercigo@ceu.es
CARMEN SÁNCHEZ MAILLO
Universidad CEU San Pablo
Instituto CEU de Estudios de la familia
ID ORCID 0000-0002-2372-3805
csmaillo@ceu.es
____________________________________________________________________
Recibido: 15-11-2021 | Revisado: 22-11-2021
Aceptado: 23-11-2021 | Publicado: 26/11/2021
DOI: https://doi.org/10.51743/cpe.267
R
ESUMEN: El artículo aborda el cambio social que se ha venido produciendo en
muchísimos aspectos y realidades contemporáneas. Explica de qué modo la mujer ha
ido cobrando un enorme protagonismo en distintos ámbitos: laboral, cultural y so-
cial. Profundiza en los retos y desafíos que tiene la verdadera condición femenina
hoy. Sin embargo, hay algo irrenunciable para la mujer: la posibilidad de ser madre.
Cuadernos de pensamiento 34
Publicación del Seminario “Ángel González Álvarez”
de la Fundación Universitaria Española
Número monográfico sobre Mujer y cambio social
Año
2021
CARMEN FERNÁNDEZ DE LA CIGOÑA - CARMEN SÁNCHEZ MAILLO
ISSN: 0214-0284 / ISSN-e: 2660-6070 Cuadernos de pensamiento 34 (2021): pp. 215-237
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Dado que ciertas ideologías han adquirido en la modernidad una relevancia destaca-
da, se pone en valor que la verdadera revolución hoy es el reconocimiento de la
alteridad sexual. No se puede olvidar que ayudar a la mujer es potenciar la familia, y
que el verdadero cambio lo protagoniza la mujer. La mujer puede situarse como
víctima o cómo protagonista. Para ser protagonista debe recuperar la esencia feme-
nina y las virtudes que le son propias. Únicamente de este modo y en colaboración
con el hombre se puede construir en la familia, en el trabajo y en la sociedad.
P
ALABRAS CLAVE: Cultura, hombre, familia, maternidad, mujer, paternidad, política,
sociedad, trabajo.
ABSTRACT: The paper addresses the social change that has been taking place in many
aspects and contemporary realities. It explains how women have been gaining an
enormous role in different kind of labor, cultural and social spheres. The paper,
delves into the challenges that the true feminine condition has today. However, there
is something inalienable for women: the possibility of becoming a mother. Given
that certain ideologies have acquired outstanding relevance in today's society, it is
emphasized that the true revolution today is the recognition of sexual difference. It
cannot be forgotten that helping women is empowering the family, and that the real
change is led by women. The woman can be positioned as a victim or as a protago-
nist. To be a protagonist, she must recover the feminine essence and the virtues that
are its own. Only in this sense and in collaboration with man can it be built in the
spheres of the family, at work and in society.
K
EYWORDS: Culture, Family, Maternity, Man, Paternity, Politics, Society, Woman,
Work.
1. EL CAMBIO SOCIAL PERMANENTE
ivimos en una realidad social permanentemente cambiante. En ella,
especialmente en Occidente, podemos encontrar realidades que se dan
en la convivencia cotidiana que poco tienen que ver con lo que ha vivido la
generación anterior; y podemos intuir que también será muy diferente a có-
mo se desarrolle la sociedad de un futuro a medio y largo plazo. En esta
sociedad las relaciones personales, afectivas, la creación de instituciones, la
proliferación de distintas comunidades, de mayor o menor entidad, se ve
V
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claramente afectada por los cambios que marcan el desarrollo de un nuevo
paradigma.
Lo cierto es que, con respecto a la forma de relacionarse en el ámbito la-
boral, el ámbito asociativo y el ámbito familiar, la sociedad actual especial-
mente en Occidente, tiene muchas diferencias con respecto a las generacio-
nes que la han precedido. De una manera especial esto afecta al papel que la
mujer juega en todo ese desarrollo social. No es una novedad, sino que es un
fenómeno que viene dándose desde hace muchas décadas, pero lo que sí que
es una novedad es el reflejo que esto tiene en el relato institucional.
Probablemente lo que más caracteriza a nuestra sociedad occidental ac-
tual y el cambio que se produce en ella son todas las posibilidades que in-
corporan las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. Ellas
hacen posible y aceleran una serie de circunstancias que de hecho son el
motor de un cambio constante en el que la adaptación del hombre a la nueva
realidad está siendo probada continuamente.
Los cambios que se producen vienen caracterizados precisamente por la ra-
pidez con que lo hacen y en esa situación cabe plantearse si es el hombre o la
misma sociedad la que genera esos cambios o por el contrario se ve sometida a
un proceso de adaptación en el que no es la propia sociedad el motor del cam-
bio, sino que de alguna manera éste le viene dado por factores externos, o cuan-
do menos, por factores cuyo origen no está claramente en el sentir social.
Si echamos un muy somero vistazo a la historia, vemos como desde la
Revolución Industrial los distintos avances han supuesto, sin ninguna duda,
un cambio social, una manera diferente de desarrollar la vida personal y
social de la comunidad. Desde esa primera Revolución Industrial podemos
comprobar cómo, de hecho, esta transformación implica también el primer
acceso de la mujer al ámbito laboral. A partir de ese momento esto va a ser
una realidad constante en el desarrollo de las sociedades occidentales. Cabe
señalar también que, más allá de tópicos más o menos manidos, esta trans-
formación afecta a la sociedad en su conjunto y qué esa nueva forma de vida
y de trabajo, por supuesto, no afecta solo a la mujer sino también al hombre,
y consecuentemente, a toda la sociedad.
Esa primera revolución industrial supuso un cambio que podemos enten-
der como el inicio de toda la variación en la fisonomía social poblacional
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urbanística y de desarrollo del viejo continente, si bien su origen sin duda lo
encontramos en la sociedad británica. La aparición de las fábricas, el éxodo
de la población rural, esa primera incorporación de la mujer en el nuevo
modo de producir es un cambio tan radical que de hecho en gran medida
supone un punto de inflexión con respecto a todo el desarrollo social. Es
prácticamente unánime el entender que supuso el mayor cambio que se había
vivido nunca en las transformaciones sociales y que afectaba a todos los
ámbitos. Es el inicio de una economía y sobre todo de una sociedad mayori-
tariamente de carácter urbano, con una inicial aparición de la industria, apa-
rición que va a ser imparable y que irá evolucionando y desarrollándose,
afectando directamente a la vida de las nuevas comunidades.
Sin embargo, probablemente es en la segunda revolución industrial (qué po-
demos entender que abarca desde finales del s. XIX hasta las primeras décadas
del siglo XX) cuando todo este proceso de industrialización y de modificación
social se generaliza implantándose de facto en todo el mundo occidental.
Pero en la modificación social, en ese cambio, no podemos limitarnos a la
observación de la revolución, las revoluciones, industriales como factor úni-
co de ese cambio. Estas vienen acompañadas de otro tipo de revoluciones
que son igualmente determinantes en el cambio social. Todas ellas vincula-
das y facilitadoras unas de otras y que son factores determinantes del nuevo
paradigma social.
En el tema que nos ocupa, sin duda dentro de todas esas revoluciones
juega un papel fundamental la del 68, en la que los distintos movimientos
feministas se hacen protagonistas y en cierto modo lideran todo un nuevo
modelo que se va a imponer en esa nueva sociedad.
Es cierto que la evolución de esos movimientos feministas, y las “olas”
que generan y en las que se desarrollan, merecen una mención especial por
cuanto se refiere al cambio social que vivimos. Si bien el inicio de los mo-
vimientos feministas reclamaba la consecución de unos derechos civiles y
políticos semejantes a los del hombre, la evolución que han ido desarrollan-
do hasta nuestros días supone un horizonte muy distinto.
Las distintas corrientes (especialmente desde la perspectiva anglosajona u
otra más cronológica) sitúan el inicio del feminismo en un momento diverso,
la evolución posterior es coincidente en todos los análisis del mismo. Y para
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el tema que nos ocupa nos interesan más las últimas, que las primeras olas.
En cualquier caso, mencionemos las que llevan el origen del feminismo a
un momento anterior. Primera ola: desde mediados del siglo XVIII, con el
nacimiento del feminismo moderno. Segunda ola: desde mediados del siglo
XIX hasta principios del XX. Tercera ola: desde los años 60-70 del siglo XX
hasta los 90. Cuarta ola: actualidad.
Tanto la primera como la segunda de estas olas en realidad lo que hacen
es reclamar para la mujer una serie de derechos y de consideraciones simila-
res a aquellas de las que disfruta el varón. Probablemente lo más conocido
sea el movimiento sufragista que reclama la posibilidad de las mujeres de
acceder el voto en las elecciones políticas, pero no de menor importancia es
el acceso de la mujer a la formación superior y universitaria.
Ambas realidades sitúan a la mujer en un ámbito en el que hasta entonces
no había actuado. Es cierto que en esos primeros momentos -pensemos por
ejemplo en el acceso a la Universidad- la presencia de la mujer en esta insti-
tución se produce paulatinamente, y además inicialmente fue una realidad
minoritaria, lo cual es lógico, si entendemos que los cambios sociales no
ocurren de un día para otro, sino que llevan su tiempo. En la actualidad en
una sociedad como la nuestra, salvo en aquellas titulaciones que no son ele-
gidas por las mujeres -no porque no puedan tener acceso a ellas sino porque
no están entre sus preferencias-, la presencia de las mujeres en las aulas uni-
versitarias es mayoritaria.
Lo mismo podríamos decir con el hecho de ostentar cargos públicos. Primero
se reconoce el derecho que tiene la mujer al voto, y con posterioridad llegó el
momento de que las mujeres fueran no solo electoras sino elegibles
1
.
Durante los inicios del feminismo los trabajos de las mujeres involucra-
das en esta cuestión se centraban precisamente en esa equiparación de dere-
chos. Sin duda es un primer paso dentro del cambio social que se vive de
manera acelerada desde inicios del siglo XX.
Más interesante nos parece la segunda y la tercera ola del feminismo, las
1
Momento en que la mujer ostenta cargos públicos. En España Federica Montseny, en URSS
Aleksandra Kolontai fue elegida Comisaria del Pueblo para la Asistencia Pública (o Bienestar
social), en el primer gobierno del Sóviet de Comisarios del Pueblo en 1917; en EEUU Jeannette
Rankin fue la primera mujer elegida para un escaño en el Congreso (1916).
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que se desarrollan a partir de los años 60 y que van íntimamente vinculadas a
la revolución del 68 y consecuentemente a la revolución sexual. La mujer, al
menos en el mundo occidental, ya tiene formación universitaria, ocupa pues-
tos de responsabilidad en el ámbito laboral (aunque todavía no minoritaria-
mente), de tal manera que esta tercera ola donde se centra es precisamente en
la llamada liberación sexual femenina. Lo que se busca es disociar la sexua-
lidad de la maternidad, tanto en un plano teórico cómo en sus consecuencias
más prácticas. Icono de este movimiento es Simone de Beauvoir (1909-
1986) que con su obra El segundo sexo y con la difusión de sus ideas -que va
radicalizando- plantea un nuevo paradigma de lo que debe ser la mujer mo-
derna, del papel que debe jugar, que le corresponde desarrollar en la socie-
dad contemporánea y también, aunque no se presente exactamente así, de
aquello a lo que debería o no renunciar. Incluso llegó a admitir que no se
debería permitir a ninguna mujer que se quedara en casa para criar a sus
hijos, que las mujeres no deberían tener esa opción, precisamente porque si
existiese tal opción, demasiadas mujeres iban a elegir.
Probablemente sea este uno de los momentos en los que comenzamos a
encontrar no sólo la presentación de un nuevo modelo social y consiguiente
desarrollo de esta concepción de la mujer y de su función, sino que también
y junto a ello la podemos percibir ciertamente creadora de conflicto y hostil.
Y esto es así, porque se concibe a la mujer, desde posiciones que poco a
poco se van radicalizando hasta llegar a las a la cuarta ola en las que entran
en oposición y competición con el varón. Si la situación es de oposición,
resulta mucho más complicado construir un proyecto común, porque se van
desarrollando ámbitos de desconfianza, en lugar de poder superar el conflic-
to, si es que lo hay, y trabajar unidos en ese proyecto común.
Especialmente iluminadora de esta cuestión es la cita de Juan Pablo II al
abordar la dignidad de la Mujer (Muleris dignitatem 10): “En nuestro tiempo la
cuestión de los «derechos de la mujer» ha adquirido un nuevo significado en el
vasto contexto de los derechos de la persona humana. Iluminando este progra-
ma, declarado constantemente y recordado de diversos modos, el mensaje bíbli-
co y evangélico custodia la verdad sobre la «unidad» de los «dos», es decir,
sobre aquella dignidad y vocación que resultan de la diversidad específica y de
la originalidad personal del hombre y de la mujer. Por tanto, también la justa
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oposición de la mujer frente a lo que expresan las palabras bíblicas «él te domi-
nará» (Gén 3, 16) no puede de ninguna manera conducir a la «masculinización»
de las mujeres. La mujer —en nombre de la liberación del «dominio» del hom-
bre— no puede tender a apropiarse de las características masculinas, en contra
de su propia «originalidad» femenina. Existe el fundado temor de que por este
camino la mujer no llegará a «realizarse» y podría, en cambio, deformar y per-
der lo que constituye su riqueza esencial. Se trata de una riqueza enorme. En la
descripción bíblica la exclamación del primer hombre, al ver la mujer que ha
sido creada, es una exclamación de admiración y de encanto, que abarca toda la
historia del hombre sobre la tierra.
Los recursos personales de la femineidad no son ciertamente menores que
los recursos de la masculinidad; son sólo diferentes. Por consiguiente, la
mujer —como por su parte también el hombre— debe entender su «realiza-
ción» como persona, su dignidad y vocación, sobre la base de estos recursos,
de acuerdo con la riqueza de la femineidad, que recibió el día de la creación
y que hereda como expresión peculiar de la «imagen y semejanza de Dios».”
Especialmente significativos son los siguientes puntos:
La diversidad específica y la originalidad personal del hombre y de la
mujer no puede de ninguna manera conducir a la «masculinización» de
las mujeres.
Los recursos personales de la femineidad no son ciertamente menores
que los recursos de la masculinidad; son sólo diferentes.
Probablemente sea esta la perspectiva más diversificadora y a la vez integra-
dora que podamos encontrar. Y lo es porque asume la diferencia, es consciente
de ella y de toda su riqueza y la integra en la complementariedad, que es la que
produce el avance de la humanidad. El primer feminismo no buscaba la igualdad
con el hombre, es decir, las mujeres no pretendían ser hombres; buscaban, exal-
tando la femineidad y lo femenino, poner en valor todas las capacidades de la
mujer, que por otra parte se han revelado como imprescindibles a lo largo de la
historia, y, eso sí, pretendían una equiparación en derechos civiles y políticos.
Es difícil, al menos desde la sociedad occidental, no coincidir con estos
presupuestos, por otra parte ya —y desde hace tiempo— ampliamente con-
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seguidos. Por eso en el texto citado nos parece especialmente clarificador
cómo, partiendo de la igualdad esencial de todos los hombres, cuyo funda-
mento es la fraternidad humana y la fraternidad cristiana, se hace hincapié en
la diferencia. Una diferencia que es complementaria. El Papa insiste en que
no puede producirse la masculinización de la mujer, y que sin duda esto sería
una pérdida con consecuencias muy negativas para la sociedad entera.
En este sentido, cuándo aparecen los primeros movimientos feministas, el
cambio social que reclaman es una equiparación en derechos, en absoluto se
podía entender que la mujer deseara ser como el hombre, y tampoco que
quisiera sustituir al hombre. Siendo así, la perspectiva desde la que hay que
abordar esta diferencia es la de la complementariedad, que enriquece y que
facilita el desarrollo de cualquier sociedad. En definitiva, se trata de superar
el conflicto allí donde lo ha habido, de no crear otros —produciendo un efec-
to pendular—, y de aportar y colaborar en el mejor y más humano desarrollo
de la sociedad.
Cabe señalar, que dentro del mundo occidental la aparición del cristia-
nismo supone un gran paso en la consideración de la dignidad de la mujer,
teniendo en cuenta el contexto de las civilizaciones antiguas. Probablemente
el más grande que se ha dado, si es que ponemos todo en perspectiva.
“Es algo universalmente admitido —incluso por parte de quienes se po-
nen en actitud crítica ante el mensaje cristiano—que Cristo fue ante sus
contemporáneos el promotor de la verdadera dignidad de la mujer y de la
vocación correspondiente a esta dignidad. A veces esto provocaba estupor,
sorpresa, incluso llegaba hasta el límite del escándalo. «Se sorprendían de
que hablara con una mujer» (Jn 4, 27) porque este comportamiento era di-
verso del de los israelitas de su tiempo.” (Mulieris Dignitatem. 12).
2. PROTAGONISMO FEMENINO EN LOS DISTINTOS ÁMBITOS
Es relevante también destacar que es incomparable el papel que tiene la mu-
jer en la sociedad occidental en relación con otro tipo de sociedades. El pro-
tagonismo, la labor en los distintos ámbitos (político, económico, empresa-
rial, mediático, etc.) que tiene la mujer en nuestra sociedad es fiel reflejo del
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cambio social que se ha producido. Y no es así en otras culturas, especial-
mente en cuanto se radicalizan
2
.
Sin embargo, todo ese cambio no está exento de numeroso obstáculos y
dificultades, pues los cambios sociales no se producen de la noche a la ma-
ñana, sino que, de hecho, necesitan un proceso que se prolonga más o menos
en el tiempo. Este recorrido también puede sufrir distintos percances que
hacen que el resultado final coincida más o menos con lo que se pretendía al
iniciar todo ese proceso de cambio.
Si antes señalábamos cómo en otras culturas la radicalización está jugan-
do en contra de los derechos de la mujer y de su protagonismo social, no
sería justo dejar de señalar cómo también la radicalización de algunos mo-
vimientos feministas supone, al menos en cierto sentido, un efecto de reduc-
ción de derechos y de pérdida de libertad. Ejemplo de lo anterior son las
palabras de Simón de Beauvoir en las que decía que la mujer no debería
tener la opción de casarse tener hijos y dedicarse a su familia. Tan solo su
forma de expresarlo supone ya una reducción de la libertad de la mujer. Si a
ello le sumamos un ambiente social en el que parece que la mujer solo se
puede realizar si desarrolla una carrera profesional, al margen de que quiera
o no dedicarse a su familia, sin duda estamos cayendo en una nueva forma
de presión, incluso en algunos casos de coacción.
En este orden de cosas, hace ya cuarenta años que la Familiaris consortio
(1981) reflexionaba sobre el tema explicando: “No hay duda de que la igual
dignidad y responsabilidad del hombre y de la mujer justifican plenamente el
acceso de la mujer a las funciones públicas. Por otra parte, la verdadera pro-
moción de la mujer exige también que sea claramente reconocido el valor de
su función materna y familiar respecto a las demás funciones públicas y a las
otras profesiones. Por otra parte, tales funciones y profesiones deben inte-
2
Baste ver el impacto que tuvo en los medios de comunicación de todo el mundo a inicios de
este curso académico la prohibición, llevada a cabo por el régimen talibán en Afganistán,
de que las niñas puedan acudir a la escuela. No digamos ya otro tipo de derechos.
https://elpais.com/internacional/2021-10-01/la-educacion-afgana-en-el-precipicio-ser-
mujer-o-nina-te-convierte-en-pecadora.html;
https://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-
58608977;https://www.france24.com/es/asia-pac%C3%ADfico/20210918-mujeres-ninas-
afganistan-educacion-talibanes
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grarse entre sí, si se quiere que la evolución social y cultural sea verdadera y
plenamente humana.”(Familiaris Consortio 23)
Solo en esa integración, en ese atender a las distintas perspectivas en las
que se desarrolla la femineidad, estaremos atendiendo verdaderamente y en
plenitud al hecho de ser mujer y a la consideración de todo lo que aporta lo
femenino a la sociedad actual.
“Esto resultará más fácil si, como ha deseado el Sínodo, una renovada
«teología del trabajo» ilumina y profundiza el significado del mismo en la
vida cristiana y determina el vínculo fundamental que existe entre el traba-
jo y la familia, y por consiguiente el significado original e insustituible del
trabajo de la casa y la educación de los hijos. […] Esto tiene una importan-
cia especial en la acción educativa; en efecto, se elimina la raíz misma de la
posible discriminación entre los diversos trabajos y profesiones cuando re-
sulta claramente que todos y en todos los sectores se empeñan con idéntico
derecho e idéntica responsabilidad. Si se debe reconocer también a las mu-
jeres, como a los hombres, el derecho de acceder a las diversas funciones
públicas, la sociedad debe sin embargo estructurarse de manera tal que las
esposas y madres no sean de hecho obligadas a trabajar fuera de casa y que
sus familias puedan vivir y prosperar dignamente, aunque ellas se dediquen
totalmente a la propia familia.” (Familiaris Consortio 23)
La cita anterior debe entenderse en un doble sentido, si bien en los tiem-
pos modernos pueda parecer inexistente, pues por un lado hay un desprecio
inconsciente, si bien en muchos casos también pueda ser consciente, buscado
y difundido, hacia aquellas mujeres cuya opción no es un desarrollo profe-
sional sí no una opción clara y fundamental por la dedicación a la familia. Si
la única realización real y verdadera de la mujer es a través del desarrollo
profesional, si entendemos que cualquier otra opción, que la mujer elija
consciente y libremente, no deja de ser un fracaso, una reminiscencia del
pasado, o una vieja forma de opresión, entonces estamos obligando a la mu-
jer a renunciar a una parte integrante de su feminidad.
Por eso explicamos que el entendimiento de la cita anterior hay que hacerlo
en un doble sentido. Pues si por un lado la mujer debe poder desarrollar una
carrera profesional y llegar a puestos directivos puesto que tiene capacidad
sobrada para ello y debe poder ejercer cargos públicos y políticos. Sin embar-
go todo ello no puede ser a costa de renunciar algo que es parte integrante de
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la femineidad. Se nos hace especialmente curioso, y probablemente dice poco
del desarrollo y del avance de una sociedad, que hoy haya que reclamar la
posibilidad de compatibilizar ambas cosas o en su caso la opción, tan digna
como las otras (y desde luego tan relevante) de dedicarse a la familia, a su
atención y cuidado. No puede tratarse de una situación pendular o de cambiar
una llamada sumisión por otra. Si hablamos de lo verdaderamente humano
también hay que hablar de lo verdaderamente femenino como parte del ser, del
manifestarse de la persona. Y esto le corresponde a la mujer.
Decía Croissant (1992) que es fundamental que la mujer redescubra su
vocación. Porque la suerte de la humanidad depende de ella. Quizá nunca
como ahora esto tenga una plasmación concreta en la realidad. La vocación
de la mujer no puede venir determinada por las modas las ideologías o las
políticas de turno, precisamente por el futuro de la humanidad. y no se trata
aquí de hacer de menos al hombre, porque entonces estaría cayendo en el
mismo defecto que se pretende criticar. es el futuro de la humanidad depende
entre otras cosas, pero de forma muy relevante, de que haya humanidad. Y a
la postre, no va a haber humanidad sin maternidad y paternidad.
No deja de resultarnos en cierto modo incomprensible cómo, a pesar de que
toda la sociedad occidental (no solo ella, pero sí especialmente), vive y sufre un
invierno demográfico que le augura unas perspectivas complicadas, se sigue
difundiendo una mentalidad antinatalista y un desprecio por la maternidad. Los
datos muestran cómo en sociedades en las que las parejas, de media, tienen me-
nos de dos hijos, es imposible llegar al relevo generacional. La consecuencia
sería por lo tanto la pérdida o la sustitución de la identidad propia de esas socie-
dades por no haber comunidades donde se puedan desarrollar.
Aunque de hecho la realidad es que sólo a la mujer se le ha planteado, y
se le plantea ahora, el tener que elegir entre una opción u otra, entre un desa-
rrollo profesional de largo recorrido y la atención a su familia. Esto no es así
teóricamente, porque gracias a Dios se ha legislado de tal manera que hoy en
día la maternidad no puede ser causa de despido, es más, si así fuera se trata-
ría de un despido nulo, que, por supuesto cabría que alegar, y la empresa
estaría obligada a la reincorporación de la mujer a su puesto de trabajo, pero
esto que es así legalmente, sigue teniendo una serie de obstáculos reales en
el desarrollo de la carrera profesional de la mujer, y no del hombre.
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En algunos países se da más énfasis en ayudar a las mujeres a lograr un
equilibrio y conciliación entre trabajo y familia. Sin embargo, en la mayoría
de los casos se logra dar mayor prioridad a la igualdad de las mujeres en el
puesto de trabajo, en vez de a la familia. La perspectiva católica ofrece una
visión alternativa, pues considera el trabajo como un servicio a los demás, no
como una forma de búsqueda de poder a través del puesto de trabajo.
3. LA CONDICIÓN FEMENINA HOY
Sorprende que hoy en día la mujer continúe buscando su identidad y el se-
creto de su realización. Parece que es algo que todavía queda por conquistar.
La mujer tiene que recuperarse a sí misma, redescubrir su vocación y su
misión en el mundo. Sin imitar al varón, pero con su ayuda y colaboración.
La sociedad, la cultura y la mentalidad dominante, no siempre han sabido
comprender la importancia y la necesidad de la existencia de la mujer. En
muchas ocasiones, tampoco las propias mujeres hemos percibido con realis-
mo nuestra propia condición femenina. La mujer es mujer y la condición
femenina no es un simple añadido, sino que forma parte esencial de la per-
sona. La “feminidad” como afirma Cid Vázquez (2005, 242) es más que un
simple atributo del sexo femenino.
En este momento, en el que llevamos más de dos décadas de este siglo
XXI nos podríamos preguntar cómo debería ser la mujer de este siglo. La
mujer actual no debe caer en la tentación de compararse con el varón, no
hace falta, no es necesario, no es un varón. Es igual al hombre en dignidad,
pero no es idéntica porque no es un hombre, y es un grave error que la mujer
aspire a ser como un varón. La mujer humaniza lo humano, cambia, mejora
y crea cualquier realidad en la que interviene.
Muchos filósofos y pensadores han enumerado la belleza y las virtu-
des propias de la feminidad. (Stein, 1998) en su libro sobre la mujer re-
conoce unida a la feminidad una predisposición hacia determinadas voca-
ciones y profesiones generalmente relacionadas con el servicio a los de-
más y la sociabilidad, como de hecho sucede con la medicina, la ense-
ñanza, la enfermería etc.
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En este mismo sentido, Benedicto XVI dirá “La mujer conserva la pro-
funda intuición de que lo mejor de su vida está hecho de actividades orienta-
das al despertar del otro, a su crecimiento y a su protección. Esta intuición
está unida a su capacidad física de dar la vida, sea o no puesta en acto, esta
capacidad es una realidad qué estructura profundamente la personalidad
femenina y le permite adquirir muy pronto madurez, sentido de la gravedad
de la vida y de las responsabilidades que esta implica”.
La teóloga Jutta Burggraf en lo que ella denominaba ella denominaba “É-
tica del cuidado” define lo femenino como esa delicada sensibilidad frente a
las necesidades de los demás, una capacidad de darse cuenta de los posibles
conflictos interiores del ser humano y comprenderlos.
Para García Morente, ser mujer lo es todo para la mujer; es profesión,
es sentimiento, es la concepción del mundo, es la opinión, es la vida ente-
ra. La mujer realiza un tipo de humanidad distinto del varón, con sus
propios valores y sus propias características y sólo alcanzará su plenitud
existencial cuando se comporte con autenticidad respecto de su condición
femenina.
Juan Pablo II se refería a ese don femenino como el “genio de la mujer”.
Necesitamos, pues, que aparezca el genio femenino con su exquisita sensibi-
lidad por el ser humano. A la mujer se le ha denominado “guardiana del ser
humano”. Pero ese enriquecimiento del mundo, esa entrega y la aportación
femenina a la familia, a la sociedad, al trabajo, a la cultura, no lo logra la
mujer masculinizándose sino viviendo plenamente su peculiar originalidad
femenina y siempre en unión con el hombre.
4. HAY ALGO IRRENUNCIABLE: LA POSIBILIDAD DE SER MADRE
Desde el feminismo de género se ha insistido en presentar la maternidad
como una herramienta de opresión que han utilizado los varones para mante-
ner a las mujeres apartadas del ámbito público, político y social y situando
así la maternidad como principal elemento perturbador de la realización
femenina plena. Hombres y mujeres del siglo XXI debemos comprender que
solamente respetando la propia naturaleza seremos verdaderamente felices,
CARMEN FERNÁNDEZ DE LA CIGOÑA - CARMEN SÁNCHEZ MAILLO
ISSN: 0214-0284 / ISSN-e: 2660-6070 Cuadernos de pensamiento 34 (2021): pp. 215-237
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la primera naturaleza que debemos respetar es la propia: la mujer su propia
feminidad y el hombre su propia masculinidad.
Una mujer puede ser muchas cosas: arquitecta, ingeniera, juez, etc. pero
un hombre no puede ser madre. Lo propio de la mujer es ser madre: la ma-
ternidad, del mismo modo que lo propio del varón es ser padre. En todo lo
demás se puede decir que hombres y mujeres somos intercambiables excepto
en la paternidad o en la maternidad. La mujer es madre, y esta cualidad for-
ma parte intrínseca del ser femenino. La maternidad enseña muchas cosas.
La entrega que la mujer hace de sí misma en el embarazo, el parto y la crian-
za de los hijos es una muestra de la capacidad especial que tiene la mujer de
donarse a sí misma.
La maternidad es real tanto por naturaleza, como por la capacidad poten-
cial de dar la vida, sea puesta en acto o no. La posibilidad de ser madre es-
tructura la personalidad femenina, le hace madurar y le proporciona poder
otorgar una protección hacia la realidad concreta en la que vive. La mujer
tiene una especial capacidad de humanizar la familia, pero también la socie-
dad la política, el trabajo, la cultura. ¿Dónde se encuentra la riqueza esencial
de la mujer?: En su carácter de acogida, en su capacidad de ternura, de afec-
to, de donación. En este sentido Cid Vazquez (2005, 241) insiste en que la
mujer está llamada a vivir esta misión en todas partes, puesto que ella es
fuente de vida e inspiradora de donación. En el número 12 de la Carta a las
mujeres de 1995 dirá Juan Pablo II:
“En efecto, es dándose a los otros en la vida diaria como la mujer
descubre la vocación profunda de su vida; ella que quizá más aún que el
hombre ve al hombre, porque lo ve con el corazón. Lo ve independien-
temente de los diversos sistemas ideológicos y políticos. Lo ve en su
grandeza y en sus límites, y trata de acercarse a él y serle de ayuda. De
este modo, se realiza en la historia de la humanidad el plan fundamental
del Creador e incesantemente viene a la luz, en la variedad de vocacio-
nes, la belleza —no solamente física, sino sobre todo espiritual— con
que Dios ha dotado desde el principio a la criatura humana y especial-
mente a la mujer”.
El lema feminista de los 60 “nosotras parimos, nosotras decidimos”
sumado a la reivindicación del neofeminismo de los 70 “mi cuerpo es
LA BELLEZA DE LA FEMINIDAD: PERSPECTIVAS SOCIALES
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mío” se alejan a pasos agigantados de la verdadera y auténtica feminidad,
pues como señala Calvo Charro (2014, 103) “con la renuncia voluntaria a
la maternidad, pero sobre todo con el aborto, la mujer se desubica respec-
to de sí misma y entra en una crisis de identidad que le conduce a la infe-
licidad”. Ir contra la naturaleza tiene sus consecuencias y conlleva frutos
amargos.
Hace ya más de dos décadas Haaland (2002,27) explicó la esencia de la
maternidad:
“La cuestión esencial no es sólo de orden práctico, sino también antro-
pológico: las mujeres nunca se sentirán felices si no toman conciencia de
hasta qué punto la maternidad define al ser femenino, tanto en el plano físi-
co como espiritual, y expresan esta realidad con la reivindicación del reco-
nocimiento social. Ser madre es mucho más que la intensa y vívida expe-
riencia de dar a luz y criar un hijo: es la clave para la toma de conciencia
existencial de quiénes somos”.
Los recursos de la feminidad y de la masculinidad no son ni mejores, ni
peores unos de otros, simplemente son diferentes. Es muy expresivo el cua-
dro de Rembrant del “El regreso del hijo pródigo” en el que las manos del
padre que abrazan al hijo de vuelta en el hogar familiar, una es masculina y
otra femenina. Tanto el hombre como la mujer deben entender su realiza-
ción, su dignidad como personas y su vocación sobre la base de los recursos
de uno y otro. En este orden de cosas y en lo relativo a la familia, la materni-
dad hace fecunda la paternidad y la paternidad hace fecunda la maternidad.
Entre varón y mujer debe haber un respeto mutuo y una llamada a un perfec-
cionamiento de cada uno, perfeccionamiento en el que el otro puede ayudar e
impulsar de un modo muy eficaz.
No podemos perder de vista, como señala Lacalle Noriega (2012, 28)
qué “también es preciso recuperar la paternidad entendida en toda su
hondura, permitiendo a los hombres asumir el papel que les corresponde
respecto a la nueva vida que llega al mundo y con respeto a la madre que
la ha concebido”.
CARMEN FERNÁNDEZ DE LA CIGOÑA - CARMEN SÁNCHEZ MAILLO
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